Una tarde lluviosa de Diciembre de 1864, Amanda lloraba por la muerte de su pequeño hijo. Ella se encontraba con su marido junto a la tumba del pequeño que había fallecido hace un año.
Ese día Amanda seguía guardando luto por su hijo Andrés. Vestía de un negro como la tinta que corría por sus mejillas rosadas bajo unos ojos grandes y azules que tapaban un velo con el que quería ocultar su tristeza. A parte de su mirada penetrante, también resaltaba de ella sus labios finos y rosados. Era una mujer hermosa como la seda, de cabellos dorados y de piel blanquecina, la cual parecía que cubría con polvos de talco. Se notaba que era una mujer inteligente, bella y esbelta, que pertenecía a una gran familia. Ella lucía una cadena colgada de su estrecho cuello, en esta cadena se encontraba una foto de su pequeño.
Amanda había tenido mucha suerte en la vida al conocer a Roberto, su marido y padre de su hijo, el cual estaba a su lado y la rodeaba con sus grandes y fuertes brazos. Un gran hombre de negocios que presentaba una muy buena planta. Él quería mucho a su mujer y por el amor hacia su hijo guardaba rencor junto a ella.

